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Leyenda del Burgo Ranero

La leyenda del Burgo Ranero

En el Burgo Ranero los niños del pueblo junto con la hospitalera del albergue nos llevaron a todos los peregrinos que quisimos a ver la laguna y nos contaron su leyenda que aquí os cuento:
En los tiempos de los primeros peregrinos, un sabio peregrino pasaba por el Burgo Ranero, ubicado en el Camino de Santiago entre Carrión de los Condes y Sahagún.
El pueblo estaba a las orillas de una laguna y de sus aguas salían malos olores y se hacías oír cientos de ranas y sapos, siendo tal su número, que dieron nombre al pueblo. Sobre ella crecían juncos y plantas acuáticas, ocultando su profundidad. Era el temor y la repugnancia que provocaban las oscuras aguas de la laguna, que los vecinos mas adinerados tenias sus casa lo mas alejado posible de la laguna, dejando a los vecinos mas pobres a las orillas de ella. También los peregrinos variaban su ruta bordeando las calles del pueblo para evitar encontrarse en cuanto allí había.
Llevaba ya muchos kilómetros caminando y estaba cansado, anochecía cuando llegó al pueblo  que estaba celebrando la víspera de San Juan, preguntó a un niño dónde buscar cobijo esa noche. El pequeño le indicó que debido a la fiesta y la tardía hora que el único sitio en el que podía quedarse era su casa, pero le advirtió de las inconveniencias ya que su casa estaba al lado de la laguna. El peregrino sonrió y no dando importancia a cuanto el niño contaba, se hospedó en su casa.
Tras cenar, el peregrino se retiró a su aposento. Aquella noche, como otras muchas, las casas permanecían cerradas, pero aún así el sonido de las ranas y sapos era inmenso.
A la mañana siguiente, el peregrino se levantó temprano y el niño también madrugo para ofrecerle desayuno a su huésped, después de mirar a su alrededor se dio cuenta que no tenia nada para ofrecerle al peregrino, y entre sollozos se lo hizo saber. El peregrino le dijo que no se preocupara y extrajo de su zurrón una hermosa manzana que entregó al niño. Sorprendido por el hecho de que le diera la manzana, quedándole aún tanto camino por delante, el sabio peregrino le dijo que había hecho el camino muchas veces y que Santiago le había obsequiado con el mejor de los dones: “ La generosidad de la gente y la ingenuidad de un niño”.
Se despidió del niño y le dijo que cuando terminara de comer la manzana, arrojase el corazón al lago para que éste absorbiera todo lo malo que había en la laguna. El niño se quedó extrañado sin entender nada. Horas mas tarde cuando se comió la manzana seguía sin entender la extraña petición de ese peregrino. Pero se comió la manzana mientras se acercada a la orilla y cuando la acabó, tiró el corazón con mucha fuerza al centro de la laguna. El niño empezó a ver como desde donde había caído el corazón empezaba a emanar un color mas claro del agua, como si esta se estuviera limpiado. Sin apartar la mirada y muy asombrado vió como ocurría el milagro. Tal y como le dijo el peregrino, la laguna se estaba limpiando!
Aún hoy, una parte del lago permanece limpio, sin maleza alguna y el croar de las ranas es suave y musical, como si la presencia de aquel peregrino se mantuviera presenta, pese al transcurrir de los siglos que han pasado…

 
 

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